Entre la espuma blanca que cae por el techo, el calor que no deja de sentirse y la música que cada vez es más pegajosa se observan dos chavas bailando sobre una barra.Una minifalda blanca que acompaña a una de ellas, desaparece cuando comienza a moverse al ritmo del reggaetón; entre los movimientos de cadera la falda se sube completamente para mostrar su tanga negra. Ella no se inmuta, acomoda su brasier  (lo único que lleva puesto arriba), un cinto con estrellas que cae sobre sus caderas y se limpia el sudor de la frente. Se aprecia en su rostro la satisfacción de ser admirada por cientos de jóvenes.

Sigue bailando y platicando con otra bailarina que está a su lado, una chava que se ve un poco mayor, de aproximadamente 18 años. Ella no lleva falda, sólo un diminuto short que resulta un imán para los ojos de los niños, pubertos, adolescentes y mayores de edad que están en el antro.

La fiesta de espuma sigue, algunos se meten al interior del enorme chorro blanco, otros sólo bromean y mueven su cabeza al compás del DJ.

De entre los pantalones agüados, playeras graffiteadas y adornos brillantes y llamativos, sobresale un niño que no aparenta más de 7 años; juega emocionado entre las burbujas. Desaparece entre la espuma y sale de un brinco para comenzar a jugar nuevamente, pero dos adolescentes lo detienen, lo levantan por los brazos y terminan aventándolo al chorro de espuma. Todos ríen.

El niño sale quitándose la espuma del cuerpo, se agarra el codo, lo observa, se soba y continúa en su mundo, jugando entre la espuma.

Las bailarinas continúan moviéndose sobre la barra, se notan cansadas, al parecer la canción que toca el DJ no las motiva y se mueven con pasos que denotan su aburrimiento. “Saludos para las fresilocas de Villa Juárez” dice una voz gruesa por las bocinas. Mencionan los nombres de otras “crew” que no se alcanzan a entender por la rapidez con que son mencionadas, pero que son de San Bernabé, Guadalupe, La Indepe y otras lugares que nombran.
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Los que están en el antro llegan en Metro, camión o sólo caminado; conforme avanza la tarde del domingo se pueden ver cruzando la avenida Félix U. Gómez.

Las niñas y adolescentes caminan apresuradas y emocionadas como si se les hiciera tarde para algo importante. Los chavos las observan y a veces inician una conversación, pero la mayoría de las veces se miran entre ellos, ríen y siguen su paso.

“A ver si nos hallamos unos gatitos”, dice una chavita de a lo mucho 14 años que va en compañía de otra que aparenta tener su misma edad. Ambas caminan sobre la avenida mirándose en el pequeño espejo que sacan de la bolsa de su pantalón. Colocan brillo en sus labios y siguen con su paso apresurado.

Aparecen más y más jóvenes que desfilan con camisetas a las rodillas, pelo largo en la nuca y corto en la frente; otros al revés, pelo corto en la nuca y largo en la frente; algunos traen gorra, camisas de resaque, lentes oscuros y un paliacate en el cuello.

Ellas, ellas desfilan con mini shorts, tops mucho más arriba del ombligo y vestidos entallados y cortos que hacen notar su pequeño y delgado cuerpo de niñas aún sin signos de desarrollo.

A pesar del delineador negro, sus labios pintados y su actitud de “mujer fatal”, en sus ojos se refleja su edad: 10, 12, 15 y las mayores, tal vez  unos 17.

En el Oxxo que está en la esquina de Félix U. Gómez y Madero, chavos y chavas entran y salen. Entran sedientos y sudados, salen con refresco en mano y cigarro. Otro grupo permanece sentado en la banqueta, algunos más coquetean entre sí.

Saben que con sólo mostrar el sello de su muñeca pronto podrán regresar a la tardeada.

En una revistaría del cruce, un grupo de 4 chavas (una de ellas con una enorme imagen de San Judas Tadeo en su pecho) cuentan el dinero para poder entrar al lugar. “Sí la armamos, yo traigo 50”, dice la del adorno con San Judas Tadeo.

Suben por unas escaleras reducidas en las que sólo cabe una persona. Hacen una fila india para que tres chavitas que no aparentan tener más de 11 años desciendan por las mismas escaleras. Las niñas bajan extasiadas y sudadas y el grupo de las 4 se emocionan al ver que ya están cerca de la puerta.

Al llegar al segundo piso, el grupo de las 4 inicia sus primeros movimientos de baile con la música de fondo: reggaetón. Compran su boleto, la de la imagen de San Judas paga con el billete de 50 y le regresan 35 de cambio que reparte entre sus tres amigas.

Antes de entrar a la pista, tres chavas las esperan. Les revisan las bolsas de los shorts, el brasier, y los converse. “la bolsa no la puedes pasar”, le dicen a una de las 4. “Traigo sólo pinturas” le dice. “No la puedes pasar”, repite. “Adentro a veces se pelean y te la pueden quitar”, continua, “la puedes dejar en paquetería, te cobran 10 pesos”. Pide prestado a otra de las 4 y deja su bolsa en paquetería.

Al entrar, se topan con la fiesta de espuma y las chicas sensuales que continúan bailando. Dan algunas miradas a cada rincón de la pista y siguen de largo.

En la siguiente pista, sus ojos ponen atención en todo, menos en un niña de aproximadamente 7 años (a lo mucho) que baila sobre la barra; está en medio de dos chavas que sí aparentan la mayoría de edad, las 3 tienen su gaffete en el cuello que las distingue como bailarinas del Arcoiris.

La niña se mueve frenéticamente al compás del reggaetón, se acomoda su gorra, junta los labios aparentando ser una mujer sexy y deseada. Perrea sin parar y su minifalda blanca, acorde a las que llevan sus acompañantes, comienza a subir; se puede ver su ropa interior.

“Hace calor, en la disco subiendo el vapor…” se escucha en la letra de la canción y todos parecen sudar más.

Detrás de la niña, que baila como si estuviera oyendo su canción favorita, aparece un chavo  de algunos 22 años. Comienzan a perrear juntos. La niña sigue el ritmo del chavo y se le acerca, de no ser por su metro con 30 centímetros y su apariencia infantil, parecería una mujer seductora.

El chavo deja de bailar y se aleja, ella sigue moviendo su delgado y pequeño cuerpo.

En la pista hay más chavas bailando con movimientos sexy´s que atrapan la mirada de todo el género masculino presente en el Arcoiris.  Encerradas en jaulas con su gaffete en el cuello, muestran con cada movimiento su ropa interior; sonríen, se acomodan el brasier, se limpian el sudor y en ratos dejan de bailar y  permanecen de pie adentro de las jaulas, descansando y observando.

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“Miss latina, next top model, tienes un estilo caro…” se escucha como intro de la siguiente canción, las chavas de las jaulas sienten las palabras en su cuerpo y comienzan a moverse nuevamente.

En los rincones oscuros se ven parejas de todas las edades, no sólo besándose, también perreando, también fajando. Algunas de esas parejas se han conocido en la última hora, otras llevan más tiempo de relación, 3 horas.

Dan las 6 de la tarde. ¿A qué hora empieza lo bueno? Le pregunto al adolescente que está a mi lado. “El ambiente todavía está tranquilo”, me responde.

Hay muchos jóvenes bailando en la pista, pero hay más observando su derredor.

Pubertas buscando al chavo que les parezca guapo y chavos buscando a la niña que les parezca atractiva, pareciera que están a la espera de cazar algo.

“Vengo porque ta chido el cotorreo y la música”, me dice el chico que permanece a mi lado. Se llama Juan y dijo tener de 17 años. “Casi siempre me paso los domingos en el arco”, asegura.

Juan no estudia, no trabaja, su mamá le da dinero. Él tiene novia “pero no la dejo venir a las tardeadas”, porque los papás de su novia no la dejan llegar tarde.

Él es sólo uno de los muchos chavos que están en el antro comportándose como si fueran superiores a todos los demás, como si su grupo de amigos fueran los mejores y como si fueran capaces de luchar contra todo aquel que posa su vista en ellos.

Al mirarlo a él y a sus amigos, es observar a la mayoría de los chavos que pasan sus domingos en tardeadas. La moda en el lugar, para ellos, es mostrar su lado más valiente, aparentar ser un gángster al que todos le tienen miedo y creerse el más atractivo.

Para las niñas, enseñar todo lo que puedan, perrear con todos los que puedan y aparentar ser lo más sexy y mayores que puedan.

La tardeada sigue y no sólo los adolescentes  la disfrutan, también personas mayores, muy mayores que se pasean por el lugar sólo observando.

“Casi no vienen mayores porque no se vende alcohol” dice la chava encargada de paquetería. Sin embargo, la falta de alcohol no es impedimento para disfrutar de shows en vivo con niñas, adolescentes y mujeres bailando sensualmente (des) vestidas con diminuta ropa, como lo hacen algunos hombres que visitan el lugar.

El reggaeton y el perreo siguen; el lugar se empieza a abarrotar, poco a poco continúan llegando chavos, niños, niñas y chavas de toda el área metropolitana. A las 6:45, luego de 4 horas de iniciar, aún les quedan 180 minutos para seguirse divirtiendo, porque, según dijo Juan, esperan lo “mejor de la tardeada”: el show de Recta, con las chicas de La Artillería Pesada.

Por Irene Torres López

Crónica publicada en La Rocka #105

Fotos del Fotolog del Arcoiris

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4 comentarios en “Una tardeada en el arcoiris

  1. nonono una cosa es vestir, en el caso de las mujeres, como cholas y otra mui distinta es vestir reggaetonera, no confundamos.. yo soi reggaetonera y repudio a l@s chol@s puesto a qe las reggaetoneras usamos shorts pero no tan extravagantes ni ombligueras y mucho menos paliacates no confundan! las reggaetoneras escuchamos reggaeton y las cholas…pues colombias :Z

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