Mi puente fue el peor fin de semana de todo el año, la razón: un dolor incontenible de muela.

Traté con todo tipo de pastillas, remedios caseros, rezos, oraciones y hasta suicidios, pero la única solución que hallé fue ir al dentista.

La mañana de asueto era fría en Ciudad Benito Juárez, NL, apodado de cariño como Tamalandia. Una noche anterior había llegado a la casa de mi mamá en busca de auxilio.

Mi madre como buena protectora, puso en mi muela todo lo que halló en internet para tratar de calmar el dolor: Tres gotas de Pepsi directamente en el hoyo de la muela dañada, Un pedazo de peyote fermentado en alcohol sobre la muela, gárgaras de agua con sal para que entrara a la muela, un trozo de clavo (que se usa como condimento) en la muela para adormecela, una sobredosis de Ketorolaco y por último, una trozo de diclofenaco en el hoyo.

No se cuál de todos esos remedios fue el acertado, porque por primera vez en tres días, dormí durante toda la noche sin dolor alguno. Sin embargo, el plan seguía en pie, había que conseguir a un dentista que trabajara en día de asueto nacional.

Salteé todo el tráfico ocasionado por el aniversario de la Revolución Mexicana y por un mercado rodante que se coloca sobre la avenida principal del municipio. No tardé mucho en llegar a mi destino.

El de la bata blanca inspeccionaba mi boca, el veredicto:  “Habrá que sacar la muela”. Una inyección sobre lo que quedaba de la muela bastó para que mis nervios me traicionaran. La vista se me nubló, comencé a sudar frío y en el pecho tenía un gran dolor que me hacía pensar que en cualquier momento tendría un infarto.

La sensación de sentirte a punto de un desmayo es horrible, pero más lo es cuando sabes que el dentista tiene que actuar para poder llevar una vida normal, porque quienes lo han padecido sabrán que un dolor de muelas es imposible de soportar.

Tardé 20 minutos en tranquilizarme, apretaba la mano de mi mamá en busca de confortación y poco a poco, pude respirar sin ahogarme.

Le di luz verde al dentista; yo retorcía mis pies y apretaba la mano de mi mamá mientras él retorcía las pinzas para sacar la muela.

En menos de 5 minutos, listo, ya tenía una muela menos en mi boca, sin embargo, el mareo y el dolor de estómago seguían. Esperé recostada en la silla que había sido testigo del asesinato molar y luego de unos minutos mis labios tomaron color nuevamente, la señal que mi mamá siempre busca para saber que sobreviviré a mi ataque de nervios.

Ahora ya no tengo dolor, puedo pensar, caminar y hablar. Actividades que durante tres días que viví con el dolor se me dificultaban realizar.

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