El celular marca las 6:30am y comienza a sonar el horrendo sonido de la alarma. Oficialmente ya estoy en el último viernes del mes de noviembre del año 2009. Hace frío y mi edredón me pide los típicos cinco minutos extra.
Abro los ojos y veo lo mismo de la anoche anterior: libros regados por doquier, la tele encendida en el mismo canal de toda la semana, decenas de post it fosforescentes pegados en el escritorio, zapatos, tennis y botas alrededor del piso, me quedo sentada en la orilla de mi cama y pienso para mí misma: “tienes que limpiar”.

Agua caliente, jugo de toronja, galletas integrales y 45 minutos de spinning en el transcurso de la mañana, ¿hay algo más divertido que eso? Lo admito, sí lo hay, pero hay que lidiar con el maldito ego para no perder la autoestima.

El cielo, como en días pasados, nuevamente está gris, el viento es fresco y hace que despierte en mi interior ganas de caminar, pero, es viernes, por qué hacerlo. El ruido de los estudiantes de primaria hace que acelere mi paso, salteó algunos perros que denotan un mal carácter y detengo el auto verde que dice: Taxi.

Doce cuadras es el equivalente a 12 pesos que marca el taxímetro. En la siguiente parada mi chofer ya está esperando. Tiene estacionado el vehículo verde en un hangar enorme. Él viste camisa azul y pantalón de vestir negro, conduce hacia donde estoy y me abre la puerta. Cuento el dinero, 8.50 pesos, lo deposito en el ánfora y tomo mi lugar. Se siente más frío adentro del autobús, ¿a quién demonios se le ocurre prender el clima? Sólo a mi chofer de la R.214.

Me preparo para recorrer hora y media de camino hacia el municipio “rico” de mi Estado. Duermo, despierto y veo el mismo panorama de siempre, el mismo tráfico, podría asegurar que incluso, muchas de las caras que veo ya son conocidas, muy muy conocidas. Nada divertido en el recorrido. Vuelvo a dormir y a despertar y el panorama sigue siendo el mismo, sólo que, de repente, en el transcurso del camino se aprecian casas enormes y lujosas, y autos que definitivamente no valen 300 mil pesos, sino mucho más.

Llego a mi destinto. Tomo fotos aquí y allá. Arreglo asuntos monetarios. Platico con mi amiga que en ese transcurso se convierte en mi jefa, también. El reloj marca la 1:30pm, mi mente se empieza a cerrar, la azúcar hace falta en mi organismo.

Deambulo por la Galería, tienen una exposición que no termino de entender: retratos de niños dibujados a lápiz pegados sobre tablas que cuelgan del techo. El arte siempre evolucionando.
El rosa predomina en cada lugar de la galería, desde los sillones de la sala de tele, hasta los saleros en el comedor, incluso, en la agenda que carga mi nueva jefa. ¿Cuándo deje de odiar el color rosa? Ahora me parece… no recuerda esa palabra ñoña…¡¿ah!, sí, bonito.

El olor a té de canela impregna las salas, cuartos pequeños, pero cómodos para recorrer las exposiciones. Es un lugar agradable, de no ser porque el reloj ya marca las 2:30 seguiría deambulando en el.

A esperar otro chofer. Llega, pago, tomo asiento. Cuarenta minutos de recorrido. Bajo, tomo taxi. 10 minutos de recorrido y llegó a las oficinas del trabajo que ha sido la parte más divertida de mi vida en el último tetramestre del año. Definitivamente, “trabajo” es una palabra mal empleada, la correcta sería “hobby”.

Hace frío en las oficinas, están las mismas personas con diferente ropa, salvo el jefe, que lleva tres días sin dormir a causa del cierre de edición. Se intercambian algunas palabras, se escucha el sonido de encendido de la netbook y abro el navegador. Correos, Facebook, Blog, Hootsuite, página web, periódicos online, tareas de Gmail. Todo checado y ningún pendiente. Son la 4 y mi estómago ya no contiene nada. Hay que preparar una entrevista así que no hay tiempo de pensar qué comer y en dónde. Primer y último recurso: Oxxo.

Unas papas, unos cacahuates y un bote de agua. Listo, la tripa se calmó. El cielo oscurece, ya es de noche, ya inició el fin de semana. Me alisto, preparo mi netbook para grabar en ella, verifico la carga de las pilas de la cámara y salgo a mi destino.

Las 6pm, la mayoría de las personas que trabajan por la economía del Estado (y según por la suya) están saliendo de sus áreas laborales y yo me dirijo a un área más.
Son las 7:10pm, me entretengo tomándome fotos en el reflejo de las esferas del pinito de navidad que adorna la recepción. 7:20pm, luego de 20 minutos de retraso entro con el joven de 23 años a quien entrevistaré. “23 años y ganará más de 70 mil pesos al mes”, pienso en mi interior, Gobierno del Estado siempre tan… y comienza la entrevista.

Las 8:30pm, fin de la entrevista y de mi jornada “laboral”. El hambre vuelve a mi estómago. Las 9pm, mi novio pasa por mí para ir a cenar. Las 10pm, mi estómago feliz y contento después de 4 gorditas de picadillo. Pensamos en qué hacer. ¿Ir al concierto gratuito de Inspector? Descartado, los vimos meses atrás. ¿Ir al concierto de Rata Blanca? Descartado, es el grupo favorito de él pero no el mío, él no quiere ir sólo así que opta por no ir. ¿Ir a bailar a algún antro? Descartado, últimamente el Barrio Antiguo está lleno de reggaeton y villeras. ¿Café Iguana para rockear? Negativo, allí será el concierto de Rata Blanca.

Finalmente, decidimos algo que está muy lejos de convertirse en una noche loca y divertida…. para algunos: ir a mi casa a ver una película. Desde luego la película queda en segundo término, pero mi viernes, después de pasarlo entre taxis, camiones y tripas gruñendo, sí se convierte en una noche loca. Desde luego, la crónica de esas dos últimas horas del día 27 de noviembre sólo podrían leerla los mayores de 18 años.

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