Desde hace 21 años, mi abuela celebra en su casa el Día de la Virgen de Guadalupe. Diariamente y puntual, ella reza el rosario incada frente a su Virgen a partir de las 7 de la mañana.

Su fervor y fe son tan sorprendentes como el hecho de que, a lo que hemos observado, esas súplicas, plegarias y rezos, sí han sido escuchadas.

Yo no puedo jactarme de ser tan fiel católica como mi abuela;  como muchos de mi generación, no creo en la iglesia, ni todo lo que la conforma, ni en el hecho de rezarle a una figura de yeso para sentirme en paz.

Mi fe es interior, pero aún así, es fruto del ejemplo que mi abuela ha inculcado en nosotros.

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