Fernandito había salido minutos antes. Iba en su caballo, uno negro y alto que parecía dragón. Iba a una milpa de tres hectáreas que no era gran cosa para la subsistencia. Pero era mucho para ellos y de ahí comían él, sus hermanas y su madre.

Tierra de ellos, pero también tierra de nadie, de acuerdo con la ley de la selva, del monte, del oeste de películas gringas. Ellos siembran maíz y riegan su parcela con su sudor. Otros, ahí cerquita, siembran mariguana y tienen motobombas, los custodia la policía y el ejército, traen camionetas de redilas y motocicletas de cuatro llantas todoterreno. Ellos, los pobres, ya estaban acostumbrados a la desesperanza. Los otros lo tienen todo: si quieren le pellizcan las nubes a su horizonte siempre despejado y prometedor.

La ráfaga de los fusiles viajó constante y fatal, entre el ramerío, los árboles, los cerros que cercan el lugar y que se hacen cómplices del eco. Acústica de la guadaña que tiene trompa de fusil automático y escupe fuego y plomo.

Fueron unos encapuchados los que abrieron fuego. El primo de Fernandito, de apenas nueve años, logró escabullirse antes de que empezaran a dispararles, sin detenerse, el niño corrió frenéticamente, entre el monte y el maizal.

Fernandito tenía 15 años. Sus hermano estaban fuera de la ciudad, huyendo, moviendo mercancía, haciendo negocio, en Tijuana, Baja California, y en otros ciudades del noreste del país. Él era el hombre de la casa hasta que lo dejaron destrozado. La mayoría de las balas pegaron en su cabeza, descomponiéndola. Lo mismo hicieron con el caballo. El animal quedó prácticamente degollado, partido en dos por las balas. Fue un fusilamiento.

Su madre llegó al lugar. El sobrino de nueve años ya estaba ahí, temblando, no queriendo ver. Las hijas llegaron atrás. Empezaron a llorar y a gritar. Querían abrazarlo pero no hallaban por dónde empezar. Fue la madre quien tomó la iniciativa. Agarró una sábana, una cobija. La fue arrastrando, levantando con parsimonia mientras dejaba salir un llanto callado y seco al juntar los restos de su hijo.

Por aquí y por allá, pedazos de humanidad entre las yerbas, las ramas, las matas de maíz, los secos surcos. Los fue recolectando, uno a uno: pieles, cabello, sangre, cuello, brazos y toda esa escenografía macabra de alguien que antes latía y tenía vida.

Así, con ese amor de madre, conjugaba su dureza y entereza con la ternura de quien abraza a un recién nacido que le pertenece.

Tomado del libro Miss Narco. Belleza, poder y violencia de Javier Valdez Cárdenas. Editorial Aguilar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s