“Si Benito Juárez no hubiera muerto, seguramente hubiera seguido en el poder muchísimos años más”, dice Eduardo Antonio Parra.

El escritor guanajuatense asegura que aquel indio zapoteco, como muchos políticos, también amaba el poder.

Es difícil de imaginar; al observar su imagen en cualquier retrato, escultura o billete de $20 pesos, sólo apreciamos al masón de baja estatura con peinado re lamido de lado (hoy conocido como “estilo Benito Juárez”); un rostro moreno y redondo de facciones inquebrantables y duras; un indio que, según nos dijeron en la escuela, se convirtió en el Presidente que preparó al país para un mejor futuro.

Sí, es difícil pensar en un Benito Juárez hundido en la tristeza por la muerte de su esposa, o enfermo y decaído despidiéndose de todos sus hijos y de su país; mucho menos se piensa en él como alguien incapaz de perdonar la vida de un hombre, aún y cuando una mujer fuese quien, de rodillas, suplicara el perdón del desafortunado. Vaya, ni siquiera podemos imaginar cómo era su voz.

La figura del Benemérito de las Américas en la historia del país es siempre la misma, es el “santón del panteón nacional”, como lo menciona Parra; su biografía, impresa en todos los libros de educación básica, explica lo mismo una y otra vez: a la edad de 12 años salió de Guelatao, Oaxaca y aprendió a leer y escribir; estudió leyes

y luego de mucho esfuerzo se convirtió en uno de los mexicanos más reconocidos a nivel internacional (reconocimiento que muchos políticos actuales desearían).

El 21 de marzo, además del inicio de la Primavera, los mexicanos recordamos el nacimiento de este indio; los políticos adornan sus bustos y esculturas con ramos florales y aquel famoso discurso, del que sólo aprendimos “El respeto al derecho ajeno es la paz”, es traído a flote como un verso inspirador. Pero de la historia que marcó Benito Juárez en México aún queda mucho por escribir, y eso es lo que motivó a Eduardo Antonio Parra para crear “Juárez, El rostro de piedra” (Editorial Grijalbo).

La obra toma esos suspiros que pocos recuerdan, porque más allá del cuidador de ovejas, estaba el hombre que sufría, dudaba, que vivió en el exilio y que más de una vez lloró al perder a su compañera (y una de las “primeras damas” del país): Margarita Maza de Juárez. En dicho libro, Eduardo Antonio Parra, luego de 4 años de investigación, crea una novela histórica plasmando los últimos 14 años de vida del presidente, quien duró en el poder 14 años.

“Mi intención era atrapar o captar al personaje como ser humano y alejarlo de esta visión que tenemos todos de Benito, la de un monumento, una estatua, este ser que tiene la cara de implacable. Me había ido con la finta de esta estatua inmaculada porque se supone que es el gran héroe, pero lo fui descubriendo poco a poco hasta que empecé a meterme de lleno, vi que tenía grandes defectos, tenía un amor por el poder impresionante. Si no hubiera muerto habría durado 19 o 20 años en la presidencia, nadie lo hubiera tumbado más que la misma muerte”, dice Parra, quien para acercarse al “Benemérito” tuvo largas jornadas de lecturas del siglo XIX y leyó una y otra vez las cartas que Juárez dejó para sus hijos.

Para Parra, todos los gobernates actuales “le quedan chicos” al oaxaqueño y no es para menos, Juárez tuvo que lidiar con la invasión francesa, la guerra de reforma y constantemente defender a México de aquellos que lo deseaban. “Se estaba jugando la vida del país, para empezar eran otras circustancias, era una época en que cada decisión contaba para la historia. El país estaba en peligro día tras día, estaban siempre bajo presión de que el país podía deshacerse, tenías que dar más de lo que podías ofrecer, tenías que actuar con astucia”, dice el también periodista.

Ya otros hombres habían escrito en sus páginas el nombre de Benito Juárez, incluso Victor Hugo, considerado uno de los escritores franceses más importantes. En una de sus cartas dirigida a Juárez, escribía: “México se ha salvado por un principio y por un hombre. El principio es la República; el hombre sois vos”. Víctor Hugo fue uno de los encargados de mostrar al continente europeo lo que un hombre mexicano había logrado: obtener libertad.

Diez años en guerra pasó Benito Juárez García, primero contra los conservadores, luego contra los franceses y por último, contra el imperio, pero en sus últimos años, también luchó contra la ambición, porque “Juárez también amaba el poder”, explica Antonio Parra, quién en alguna de las páginas de “Juárez, El rostro de piedra”, plasma cómo los medios y parte del pueblo lo llamaba “un huitzilopochtli con sed de sangre de sus enemigos”, porque si hubo un presidente de México atacado duramente por la prensa “seguramente fue él”, asegura Parra.

Juárez se había ganado esa reputación porque “no le temblaba la mano” para defender su mandato, si tenían que morir sus opositores, se les mataba; todo era para proteger “la democracia” del país. Sus opositores o morían durante los levantamientos de armas o fusilados.

“De Benito Juárez se dice que es uno de los impulsores de la democracia, eso es verdad y es mentira. Hay un momento en que Juárez dice: `Si al pueblo no le interesa la democracia, la tenemos que hacer nosotros´. Eso fue lo que hizo el Partido Revolucionario Institucional durante 100 años, eso empezó con Juárez”, explica el escritor.

¿Y por qué al pueblo no le interesaba la democracia? ¿Cómo sobrellevaba la guerra constante de poderes? La respuesta, asegura Eduardo Antonio Parra, sigue siendo la misma al por qué la gente sobrevive actualmente a un gobierno en crisis, con inflación y compadres en el poder: “Al pueblo siempre le ha valido madre. El pueblo, como siempre, era totalmente indiferente… Al pueblo en México, desde entonces, le ha valido”, menciona.

Sólo quienes se han tomado la aventura de inmiscuirse en la vida de Benito Juárez, pueden imaginarlo parado frente a la princesa Salm Salm, esposa del príncipe Félix (quien fungió como coronel en las tropas imperiales de Maximiliano); observando cómo la mujer pide de rodillas clemencia para evitar el fusilamiento del emperador. Los textos retratan la figura del presidente inmovible e inmutable y respondiendo ante las lágrimas de la mujer con la frase: “No soy yo quien le quita la vida, es la Patria”.

Otros, tal vez, difícilmente podrían reconocer al hombre que formuló las Leyes de Reforma, esperando tranquilamente mientras su esposa le acomoda su cabello con jugo de limón, para después, hacerle correctamente el nudo de su corbata; Doña Margarita Maza fue una mujer indispensable en su vida y Juárez siempre dependió de ella.

Las bases del México actual fueron asentadas por ese indio zapoteco; temido, respetado y honrado universalmente, fue él quien logró forjar una nación como patria, mientras que sus decisiones, dudas, sentimientos y temores, forjaban su carácter e historia.

“El que se interne en la novela va a conocer a un ser humano con miedos, virtudes, defectos, lo que lo hace más cercano, tratando de captar al personaje como ser humano y dejar esta visión que tenemos todos de él”, puntualiza el autor

Por Irene Torres

Publicada en La Rocka #113

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