Perra Brava, novela de Orfa Alarcón

Capítulo 1

Supe que con una mano podría matarme. Me había sujetado del cuello, su cuerpo me oprimía en la oscuridad. Había atravesado la casa sin encender ninguna luz ni hacer un solo ruido. No me asustó porque siempre llegaba sin avisar: dueño y señor. Puso su mano sobre mi boca y dijo algo que no alcancé a entender. No pude preguntar. Él comenzó morderme los senos y me sujetó ambos brazos, como si yo fuera a resistirme.
Nunca me opuse a esta clase de juegos. Me excitan las situaciones de poder en las que hay un sometido y un agresor. Me excitaba todavía más entender que para él no eran simplemente juegos sexuales: Julio doblegaba mi mente, mi cuerpo, mi voluntad absoluta. De noche y de día, acompañados o solos, dormidos o despiertos.
-Para que no me vuelvas a salir con que te da asco.
No supe a qué se refería: había vuelto a taparme la boca y yo me desesperaba porque moría por morderlo. Desde la primera vez que lo vi quise pasarle la lengua por el cuello, quise ser un perro que le lamiera la cara. Desde la primera vez que mi mandíbula se acercó a su boca quise arrancarle un trozo de piel, a ver si con eso le probaba el alma. Perro bien entrenado. Perro de casa rica. Perro que se sabe asesino: desde la primera vez que lo vi sus ojos me dieron miedo.
-Para que se te quite lo fresita.
No sabía de qué hablaba, comenzó a penetrarme.
Le mordí la mano para que dejara de taparme la boca.
-Quiero lamerte. Completo.
Julio me ofreció su cuello con la confianza que se le tiene al sirviente más leal, y yo comencé a lamerlo con el hambre de la primera vez. Giramos: yo arriba, él abajo, seguí lamiéndolo hasta llegar al vientre.
-Síguele, síguele, ¿pa qué te paras?
-Tu sudor… sabes distinto -comencé a limpiarme la boca.
-Cómeme hasta que me venga.
Por primera vez su sabor no me gustaba, era extraño, nuevo, agrio. Nauseabundo.
-Chúpamela -me sujetaba de la cabeza.
El nuevo sabor iba a hacerme vomitar. Manoteé.
-¿Qué pasó? ¿Ya no te gusto? -se reía.
Volvió a la posición inicial, a sujetarme justo como lo había hecho al principio, cuando llegó después de una semana de ausencia, directo a mi cama, quién sabe de dónde, quién sabe de qué caminos, con qué suciedad en el cuerpo, con los sudores de cuántas mujeres, y me penetraba como enfurecido, como él, como demostrando quién era. Y el dolor le ganaba lugar al placer y yo sólo quería que me dejara respirar, que terminara antes de que me rompiera algún hueso.
-Para que se te quite lo fresita -repetía.
Julio al fin se vino y se quedó dormido. Me abracé contra él. También me hubiera quedado dormida, de no ser por ese sabor molesto que aún sentía en la lengua. Amodorrada me levanté a orinar y a lavarme los dientes. Entonces entendí las palabras de Julio: al tomar la pasta de dientes me descubrí frente al espejo con la cara llena de sangre. Los senos, las manos, la entrepierna.

Grité. Como si viera el fantasma de mi madre. Grité tan fuerte que me quedé ronca. Julio entró al baño y me abofeteó.
-Para que te lo sepas, traes encima la sangre de un cabrón con muchos huevos, y con todo y todo se lo cargó la chingada, porque la vida se gana a putazos. Así que no me vuelves a salir con que no puedes freír un pinche bistec porque te da asco. A mí ya no me sales con esas pendejaditas.
Yo, paralizada, quería correr a la regadera.
-¡A putazos! – Julio salió azotando la puerta del baño.

Tomado del Facebook de la novela y publicado con la autorización de la autora.

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