Muchos lo saben, tengo un hermano menor de tan sólo 4 años de edad. Sensible, inteligente y demasiado atento a las situaciones que lo rodean. Hace meses fue testigo de una balacera que se desató a escasas dos cuadras de donde vive. Granadas, balazos, explosiones, fuego, gritos, pavor, todo eso que se desprendió de aquel 4 de diciembre del 2009, mi hermano lo lleva en su cabeza como imágenes que recuerda en flashbacks.

A principios del actual mes, Fernando conoció Zacatecas. En el viaje que hicieron  tuvieron que pasar  varios retenes: “Tenía mucho miedo de que nos dispararan”, me platicó mi hermano cuando regresaron. Él se refería a los militares que varias veces inspeccionaron el autobús.

Cuando era más pequeño, de escasos dos años, él era fan, por así explicarlo, de los militares. En ese entonces aún era sorprendente ver convoyes recorriendo las calles; mi hermano siempre que los veía les decía adiós, se emocionaba con sus trajes verdes y armas largas.

Ahora, con casi 5 años, su sentimiento es otro: miedo. Sin quererlo, Fernando descubrió lo que un arma puede ocasionar; a sentido el pavor de creer que le dispararán y ha tenido la necesidad de dejar su kinder y vivir por un tiempo en otro país por la violencia que se desató en su ciudad.

El pasado fin de semana recordé cuando le prohibía ver caricaturas “violentas”, cuando regañaba a mi mamá por dejarlo ver cosas tan idiotas como Bob Esponja, o por permitirle ir a jugar a las “maquinitas” y sobre todo, por comprarle un Nintendo DS. Pero también, ese fin de semana me di cuenta que la “violencia” entre dos monos de mentiras, la estupidez de ciertas caricaturas  y el ocio que tiene al alcance con los juegos electrónicos, es muchísimo mejor que aquello que puede ver a su alrededor.

¿En qué momento la fantasía se volvió más sana que la realidad? Simple, en el momento que la realidad se llenó de sangre, disparos y muerte.

Suena tonto alejarlo de la realidad o distraerlo de ella, pero no quiero que mi hermano pase su infancia pensando que en cualquier momento le dispararán; quiero que deje de pensar que un golpe fuerte es un balazo, quiero que desaparezca esa mirada triste que emite cuando ve la preocupación en los ojos de sus mayores. Sólo anhelo que viva una infancia sin miedo y si él ríe con esas caricaturas violentas, ríe con esas caricaturas idiotas y pasa tiempo de ocio con sus juegos, perfecto, prefiero mil veces verlo reír a verlo derramar una lágrima más por temor.

Fernando forma parte de una generación de niños que crece en un país mucho más violento del que llegamos nosotros a conocer en la niñez; no tarda mucho para que él, y todos los niños nacidos a principios del siglo XXI, atraviesen por otro tipo de obstáculo muy diferentes al desempleo, pobreza y  a la educación de pésima calidad: Inseguridad.

Supongo que en estos momentos ha de ser mucho más complicado ser padre de familia. Admiro a aquellas personas que ahora no sólo tiene que luchar por sacar a sus hijos adelante, sino también para protegerlos y mantenerlos con vida.

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