Tanto días sin ti y sigo sin visitarte en tu última morada. No es fácil. Duele.

No sólo yo te recuerdo, todos aquellos que sabían lo importante que eres para mi te recuerdan, incluso hace una semana me preguntaban por ti. A pocas personas les he dicho de tu ausencia.

Pero ¿sabes que es lo que más me duele? Me duele precisamente esto que te escribo, me hubiera gusto podirte de frente lo valiosa que fue tu presencia en mi vida, en esas diferentes etapas en las que apareciste. Me hubiese gustado decirte “gracias” por bailar conmigo ese febrero, por hacerme sentir parte de tu familia aún y cuando siempre me sentí fuera de ella… y ahora que no estás, prácticamente me siento excluída.

Se me humedecen los ojos de recordarte, abuelo. Te extraño muchísimo.

Me gusta pensar en ti, sentado en el el porche de tu casa verde, con tu cabello largo, enroscado y blanco. Me gusta recordar ese olor a caña dulce que caracterizaba tu rancho; el pato comiendo cieno y los grandes árboles de enfrente cubiertos de nueces. La sala de tu casa llena de fotografías de cada uno de tus nietos. Cuando iba a verte, me enorgullecía ver mi foto ahí, colgada en esa pared, lástima que con los años mi foto desapareció, así como supongo, mi nombre y el lazo que me unía a esa familia, pero no en tu corazón, eso siempre lo supe.

Cuánto sufriste, lo se, pero también se que luchaste hasta el final y por eso, yo haré lo mismo.

Tengo tantas cosas que escribirte, pero siendo sincera, preferiría decírtelas. Prometo visitarte.

Te quiero

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