Ayer venía pensando en ciertos detalles que no me había puesto a analizar. Son cosas tan insignificantes, pero a la vez tan significativas que sin querer me han hecho crear nuevos hábitos para tratar de sentirme “a salvo”.

1.- Siempre he batallado para lidiar con cuestiones de religiones, fe, creencias y todo aspecto espiritual. Una parte de mi sabe que necesita tener fe, pero otra me dice que pierdo el tiempo. Sin embargo, ahí me tienen todas las noches prendiendo una veladora; no rezo, no pido, no exijo, sólo enciendo la veladora pensando que esa luz, tal vez, me protegerá. A la par de la veladora, un foco en mi casa siempre se queda encendido. El miedo genera toda especie de anhelos.

2.- Twitteo en dónde estoy cuando me siento en peligro. Si salgo tarde y atravieso una calle, twitteo en qué lugar me encuentro pensando, siempre pensando, que si me pasa algo, tal vez ese tweet lanzado  los ayudará a tener una idea de dónde pudo ocurrirme eso. ¿Y qué es “eso”? Ni yo misma lo se, estoy a la espera siempre de que algo me pase: un asalto, secuestro, una bala perdida…

3.- Antes, cuando salía con mi novio, dejaba las llaves de mi casa en el carro. No en mi mochila, ni en su cartera, ni en las bolsas de mis pantalones, siempre en la guantera de su carro. Pero de un tiempo para acá pensé: “¿Y si un día nos bajan del carro? ¿Si un día nos balean para llevarse el carro? La mente, siempre tan miedosa ( o siempre tan precavida). Esas llaves son las únicas copias que tengo de mi casa. Ahora siempre las cargo en la bolsa de mi pantalón.

4.- No puedo evitar, que cuando veo una camioneta con vidrios polarizados y placas de otros estados, pensar lo peor: “Tal vez van detrás de alguien”, “tal vez se armará una balacera ahorita”. El “tal vez” se ha transformado en el “Por favor no”, que mis labios dicen cuando me siento en una situación de peligro. La mente siempre tan soñadora. Si me siento en peligro, simplemente me bajo del camión o me alejo del lugar en el que veo camionetas con esas descripciones.

5.- Mi familia viaja seguido a Estados Unidos, y la familia que vive allá, seguido viene a Monterrey a visitarnos. Antes, eso era motivos de alegría, ver a tu familia siempre te produce alegría. Sin embargo, ahora también te produce miedo. El saber que traviesan ciudades que constantemente están “en guerra” y que ahora es más común que los asalten o asesinen en la carretera a que se les presente un choque, te deja helada. La sensación de miedo porque ese familiar tuyo se va o viene, atravesando lugares peligrosos, es peor que el miedo que sientes por ti mismo. Se produce una mezcla de incertidumbre y dolor que no te deja respirar. Sólo cuando ves a tu familiar llegar sano y salvo a su destino, sientes que el aire entra a tus pulmones otra vez. Ahora, los mensajes al celular para saber en dónde vienen, por dónde van y a qué hora llegan, son más que constantes.

6.- Si mi novio no me marca para avisarme que llegó sano y salvo a su trabajo, no puedo dormir. Maldita incertidumbre. Tal vez parece exageración, pero hay una necesidad de saber que llegó bien a su trabajo y que llegó bien a su casa, de lo contrario, el pensamiento del “tal vez le pasó algo” está en la mente todo el día y no te deja ni comer.

7.- Veo las noticias en la espera de que ningún de esas personas que llenan la nota roja, tenga un nombre que me resulte familiar. Ver las noticias  y sentirse aliviado porque nadie de tus seres queridos apareció en las notas rojas, no tiene precio, y tampoco, lógica. Siempre he leído los periódicos, pero ahora siempre buscando nombres…

8.- Antes, daba mi opinión a todo aquel que la pedía, pero ahora, procuro no dar detalles a personas que no son de mi confianza, menos en lo que respecta a aspectos del crimen organizado. Nunca sabes si el taxista con el que debates es halcón…

Esos son algunos, pero no soy la única que ha creado hábitos. La mamá de una colega le dijo: “Antes, nunca me fijaba en la ropa que llevas puesta cuando sales. Ahora, todos los días me fijo detenidamente en lo que llevas puesto”. Se me hizo un nudo en la garganta.

Supongo que las madres de familia son las que sufren más, y me pongo a pensar en la mía, que ni siquiera sabe a qué hora salgo de mi casa, a qué horas llego, qué hago en el día, que asuntos manejo en mi trabajo… y claro,  ni siquiera sabe lo que llevo puesto. Si mi cabeza está hecha un caos y mi corazón está hecho un nudo, no me imagino lo que debe sentir mi mamá. Por eso, mi nuevo hábito será darle santo y seña de todo en lo que respecta a mi persona.

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