Te veo llorar. Entre tus cerros verdes y montañas de acero se distingue tu dolor.

Quiero ayudarte y no se cómo. Me siento diminuta ante el enorme revólver que apunta a tu corazón.

Cada vena de tu cuerpo se vacía, mientras nos quedamos atónitos viéndote agonizar. La sangre  escurre por tu piel de concreto, por tu cuerpo de roca, por tus ojos de sol, ¿Cuántas horas te quedan de vida, Monterrey?

Son tan grandes tus enemigos y tan pasivos tus amigos, que damos lástima. Te hacemos sufrir.

¿Cuántas horas te quedan de vida, Monterrey?

Tantas lágrimas, tanta pólvora regada. El manto rojo cubre el ardiente suelo de tus calles. El miedo es grande como tu fortaleza,  pero el esfuerzo es diminuto como tu destino. Estamos paralizados por la ignorancia, el temor y la indiferencia. Seremos culpables de tu repentina muerte.

Tan joven, mi Monterrey, y enfrentando una cáncer tan voraz que carcome tu futuro.

¿Cuántas horas de vida te quedan, Monterrey?

Por Irene Torres

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