Pareciera que no está dormido, un brillo bajo sus párpados asemeja que tiene los ojos abiertos, pero no. Su respiración fuerte y profunda son las huellas del descanso.

Tiene su pequeña mano izquierda cerrada como un puño, no un puño de amenaza. Es un puño que cae delicadamente, como si otra persona hubiera doblado sus pequeños y regordetes dedos para cerrar su mano.

Es alto, aunque tiene pocos centímetros más que el mes anterior, abarca la mitad del colchón matrimonial. Sus mejillas rojas, su pequeña nariz y sus delgadas pestañas son símbolo de su infancia; sus interrogantes,  desenvolvimiento y su ancías por saber, son fruto de su crecimiento.

Nadie cree que tenga 4 años. Su inteligencia y su gran complexión le aparentan dos años más. Es un pequeño gran niño. Es mi pequeño gran hermano.

Cicatrices por aquí y por allá. Moretones verdozos y raspaduras. Vive su niñez al máximo. No se queda con las ganas de nada.

Demuestra su amor con abrazos; menciona los “te quiero” como si supiera la inmensidad de cariño que encierran las palabras.

Respira profundamente respira. Está dormido. Y yo lo veo descansar velando sus sueños, como si quisiera velarle la vida, su vida.

Viendo dormir a Fernando un 16 de septiembre 2010

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