Santiago, tal vez el pueblo más bello del Estado, es el negro ejemplo de cuán bajo puede caer Nuevo León en términos de desesperanza y tristeza

Por IRENE TORRES

El rugir de un mofle rompió con los murmullos que decenas de personas compartían. El ruido los tomó desprevenidos, ocasionando que todos voltearan al mismo tiempo con miradas de desconfianza y temor. Cuando se dieron cuenta que era sólo una camioneta vieja que circulaba frente a ellos, relajaron su postura y siguieron con la plática en voz baja.

Eran ciudadanos, servidores públicos y reporteros que rodeaban la funeraria del pueblo; una patrulla de la Policía Estatal se mantenía a lado del lugar, cuidándolos. Los ciudadanos se miraban incrédulos, los servidores públicos se saludaban con caballerosidad, y los reporteros esperaban el comentario perfecto, la toma impactante.

Los cientos de coronas fúnebres acomodadas alrededor del pequeño edificio, eran lo único que le daba color a la escena, porque a pesar de los ardientes rayos del sol, el cielo azul y despejado, y la naturaleza presumiendo diferentes tonalidades de verde, sólo se percibía un ambiente gris y frío.

La tristeza había helado los días de verano en Santiago, Nuevo León.

Aquella mañana del 18 de agosto, lo que sospechaban dos días antes se volvió realidad. No sólo el presidente municipal de Santiago había sido asesinado: la tranquilidad y seguridad del municipio también.

Al atardecer, los habitantes se vistieron de negro y salieron a la plaza principal para rezar, lamentarse y llorar por la impotencia, coraje y desolación al ver su hogar inmerso en la asfixiante realidad.
El aire fresco y el olor a raíces recién cortadas pasaba desapercibido ante el olor a miedo que se respiraba. Ni la hermosa vista de la Presa de La Boca que se vislumbra desde la calle Juárez, en el centro de Santiago, podía contrarrestar la imagen de los grandes moños negros “adornando” las puertas de la Presidencia Municipal.

Al día siguiente, la escena más triste de la noche anterior se repetía. Los padres del alcalde y la viuda seguían allí, frente al féretro de su hijo y esposo, respectivamente. Ni la luz de las veladoras encendidas opacaba las brillantes lágrimas que resbalaban por las mejjillas de las mujeres.

19 de agosto y Santiago despedía a su edil; la familia Cavazos Leal, a un hijo, hermano, esposo y padre. Y todos los mexicanos, por enésima vez, nos despedíamos del sueño de recuperar a nuestro país.

El hombre que sólo alcanzó a cumplir 38 años, de profundos ojos azules y piel blanca, descansaba sobre un elegante ataúd de madera. Flores rojas y una cruz del mismo color era lo único sobre el féretro. La ropa negra y blanca predominaba en las tres salas de la funeraria. El calor evaporaba el sudor y los sollozos de los presentes. Los cuchicheos y la palmada en el hombro se repetían una y otra vez, haciendo eco en el recinto color ocre.

Los colegas de partido, autoridades del Estado y  ciudadanos, también estaban allí , en mezclilla, con botas y sombrero, con trajes finos, camisa de vestir y lentes oscuros; participando en el acto luctuoso, ante la presencia de militares y policías que resguardaban el área.
Llegaron de todo el país, de todas las dependencias estatales y municipales. En autobús o auto, observaron todos lo mismo en su recorrido: letreros en el camellón de la Carretera Nacional que anuncian la Ruta 2010 (implementada por el Gobierno Federal para conocer la historia de México); letreros que emitían en colores chillantes un “Vivir Mejor”, señalamientos avisando que a cierto número de kilómetros se podía conocer uno de los parajes más visitados de todo Nuevo León: la Cola de Caballo.
Pero ninguno de esos anuncios mencionaba que a menos de 1 kilómetro el visitante llegaba a otro pueblo más hundido en la desesperanza.

De cualquier manera, no hacía falta colocar el letrero: el sentimiento resultó contagioso.
Mientras velaban al edil, el primer cuadro de la ciudad lucía solo. Las calles empedradas, las casas pintadas de rosa mexicano, amarillo, naranja, verde, rojo, y rodeadas por paredes de sillar, daban la apariencia de pueblo fantasma. El silencio reinaba. Ni un alma circulaba por el lugar y cuando alguien aparecía, vestía de negro.

Una parte de Santiago se encerraba en sus casas, mientras la otra rezaba esperando el momento de decirle adiós a Cavazos Leal.
Y el adiós llegó después de una misa con el sol ardiente como testigo principal; el cuerpo del joven padre de familia fue llevado a su última morada: un pequeño panteón con vista a la Presa de La Boca; con una pared cubierta de altos bambúes y veredas recién desyerbadas por los trabajadores del municipio.

Sólo la familia participó en el sepelio, pero prácticamente todo el pueblo lo sintió.
En el templo quedaron las velas consumidas por las horas, las pancartas con mensajes de paz, y el semblante entristecido del lugar. El escenario auguraba el sentimiento que que invadiría a los santiaguenses de allí en adelante.

Una semana después se confirmaba ese sentimiento: la desconfianza. Santiago ahora es un pueblo triste. Escasean los saludos sonrientes y amables. La actitud que los ciudadanos han ido tomando frente a la policía, políticos y autoridades en general, se contagia: se desconfía de todo y de todos.
Hoy, el Pueblo Mágico, y todo el Estado, posee el virus de la desilusión y otro más peligroso, el del temor. Las balas causaron que el municipio perteneciente al Nuevo León “Unido”, se convirtiera en un municipio más del Nuevo León “herido”.

Crónica publicada en LA ROCKA

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