Desde la charla que dio Antonio Ramos a mis alumnos, no me saqué el recuerdo de mi primer muerto. Porque como el escritor lo dijo: “A nadie se nos olvida su primer muerto”.

Y yo recuerdo como si fuera ayer.  Lo sigo viendo acostado en la cama de a lado.

Era un tío, hermano de mi abuela. Murió en la cama de ella; no recuerdo qué día de la semana era, pero fue temprano porque me despertó el llanto de mi abuela. Cuando abrí los ojos, estaba ella llorando, abrazando el cuerpo de mi tío David.

De primera instancia, recuerdo perfectamente que nunca creí que estuviera muerto. Llevaba tiempo enfermo y creí que se había desmayado. Tuve noción de la muerte cuando lo vi en un ataúd.

Es extraño cómo la memoria recuerda los sentimientos una y otra vez. Pero más increíble es sentirlos como si vivieras nuevamente el momento.

A partir de ahí, la idea de la muerte se había convertido en realidad para mí. Parte de tu niñez e infancia se va cuando te das cuenta que las personas que te rodean dejan de existir. Que sólo volverás a verlas en sueños; que su voz jamás será recordada tal  y como sonaba cuando mencionaba tu nombre. Pero en cambio, sí recuerdas su cuerpo, algunos rasgos, incluso la ropa que vestía tu muerto en vida.

De mi tío recuerdo su abundante barba entrecanosa, un lunar grande que tenía en su rostro; unos ojos que siempre denotaban tristeza y un bastón fiel a su andar. Quisiera recordar sólo eso, pero su cuerpo acostado en la cama, abrazado por mi abuela llorando inconsolablemente, lo acompaña.

Es verdad: uno nunca olvida a su primer muerto.

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