La mente va acumulando. Es como un enorme contenedor que reúne todo lo que nuestra memoria no quiere. Recordar, ¿para qué? Que todo se guarde en la mente para evitar vivir en el pasado.

Lamentablemente llega un momento en el que el contenedor se llena y no hay marcha atrás, la mente comienza a desechar los recuerdos que uno hacía perdidos. Dudas que se creían solucionadas se resbalan por las orillas y los miedos, según superados, gotean alrededor del contenedor. No hay nada más horrible que una mente desbordándose de cosas que uno ya no entiende.

Y entonces estás ahí, en el sofá, frente a un desconocido que te escucha por $350 pesos la sesión. Estás sentada intentando acomodar todo lo que la mente te escupe en la memoria e hilando oraciones. Y lo sabes: la maldita coraza que tenías, se derrumbó.

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