Hace casi ocho años las decisiones más difíciles que tomaba eran qué antro visitar el fin de semana y sobre todo, qué ponerme para la ocasión. El futuro era muy lejano para preocuparse por él y a los 21 años lo único que te interesa es disfrutar, pues, los 21 años. 

Sin embargo, poco a poco y sin darte cuenta, las decisiones van cambiando de rumbo; de decidir usar falda, vestido o jeans en el antro, después tuve que decidir si cambiar de trabajo o no, lo que implicaba entrar en un mundo desconocido y que a simple vista lucía temeroso. Afortunadamente la decisión fue la correcta: seguir avanzando y cambiando de aire me permitió vencer el miedo y continuar con el descubrimiento en la vida independiente que tanto ansiaba tener. Pero entre más avanzaba más decisiones debía tomar y ya no sólo eran para llegar al siguiente nivel, si no a la siguiente etapa de tu vida, la denominada vida adulta. Qué horrendo. 

La vida adulta no sólo se trata de tomar decisiones, es analizarlas, meditarlas, ver qué te conviene más a largo plazo, cómo te afectarían a corto plazo; qué esfuerzo implicarían, qué cambios darían a tu vida. Y luego contestar más preguntas: ¿será conveniente? ¿Valen la pena? ¿Hago lo correcto? ¿Daño mi futuro? ¿Me afectará con mis demás relaciones? Sufrir insomnio por culpa de intentar responderte las preguntas que haces frente al espejo es uno de los efectos secundarios de esa etapa de la vida, o al menos eso creo. Dudo ser la única que pase por dichas situaciones. Es complicado y más cuando uno está acostumbrada a hacer las cosas por instinto.

Lo bueno de ello es que siempre llega una frase a mi cabeza: “El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va”, como dijo el buen Antoine de Saint-Exupery. Y pienso que es verdad, porque, después de todo, las malas decisiones también nos llevan a un aprendizaje que no se enseña al matricularte en una escuela. El verdadero aprendizaje lo creamos nosotros durante la toma de decisiones, buenas o malas, pero al menos hacemos algo y no nos quedamos inmóviles ante lo nuevo que traen los años y la vida misma.

Cambiarte o no de trabajo; mudarte o no de casa; casarte o no casarte; comprar más libros o no comprar; comer esa tercera rebanada de pizza o no… Tomar o dejar ya es una opción, pero hay que decidir porque el resultado de dicha decisión será  lo que nutra nuestra capacidad humana. De nada nos sirve tener miedo a equivocarnos, los únicos que no deben equivocarse son los doctores que nos atiendan en una cuestión de vida o muerte, y es más, quizás tampoco dependa de ellos nuestro diagnóstico. La vida, al fina y al cabo, es la que enseña.

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