Me gusta más escribir que hablar. Sobre todo cuando se trata de mis sentimientos. Es horrible querer decir cosas que siento y no hacerlo simplemente porque no sabes cómo. En cambio, escribir lo que siento fluye como fluyen los tragos helados en un verano de 42°C en Monterrey.  Fluyen tanto que las palabras me embriagan.

Pero desafortunadamente no a todos les gusta leer mega textos en donde explicó qué pienso / siento. Y mi novio es uno de ellos. Él es de hablar. Hablar mucho. Es imposible irme enojada a mi cama porque sencillamente él no lo permite. Si hay un problema o discusión él lo quiere solucionar ahí mismo. Nada de irnos enojados a la cama o cada quien irse a su casa molesto. Y yo eso lo odio. Yo quiero hacer mi berrinche por una, dos, tres horas. Ir a la cama. Dormir. Despertarme, encender la computador y luego escribir, escribir y escribir todo mi coraje o lo que sea. Y después darle click en “enviar”.

Pero él no me deja. Creo que es bueno; él permite que haya comunicación oral, pero yo quiero comunicación escrita. Claro que ya leyéndolo aquí suena más absurdo de lo que pensaba. Pero es verdad: hay quienes preferimos escribir que hablar. Hay quienes nos sentimos más sinceros al escribir. Fluyen las palabras y el secreto es escupirlas de inmediato. Como succionar un veneno y deshacerse de él. Lo malo es que como buen veneno a veces éste llega a causar mucho daño… Gajes de escupir, digo, escribir lo que sentimos (en el momento).

Perdón a todos aquellos que han sido lastimados por mis palabras.

 

 

 

 

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