Con machete en hombro


Tendrá, quizás, entre 70 y 80 años. Su caminar encorvado, sus delgadez, y sobre todo su rostro arrugado y cansado, es lo que expresan: entre siete y ocho décadas de vida. Es un hombre que tiene mucho qué contar y por lo que se ve, mucho por hacer.

Desde algunos meses, con regularidad, visita mi casa para pedir trabajo de jardinero. Quita la hierba del pequeño patio que tengo enfrente y en diciembre se encargó de limpiar el abandonado patio que tengo en la parte trasera de la casa.

En diciembre me sorprendió porque en verdad yo tenía muchas cosas inservibles en el patio trasero y ni se diga la hierba: casi llegaba a mi hombro.

Ese día yo creí que traería a algún sobrino o hijo para que le ayudara, pero cuando le pregunté: ¿Y cuándo podría venir a limpiar?, él, con una sonrisa, respondió: “Ahorita, si quiere”. Y comenzó en ese mismo momento. Dentro de hora y media él ya tenía las bolsas grandes llenas de basura y el patio completamente limpio. Sólo utilizó sus manos y un machete.

¿Y por qué escribir de él? Porque el hombre, a su edad, a eso se dedica: a preguntar casa por casa si requieren sus servicios. Sorprende que a su edad tenga la fortaleza de recorrer largas distancias, trabajar dignamente y desde luego, de querer hacer siempre algo útil. En todo el tiempo que tengo viviendo aquí sola, que son alrededor de seis o siete años, JAMÁS un adolescente o joven ha venido a ofrecerse para quitar ese zacate que sale con frecuencia frente a mi casa.

El ejemplo de ese adulto, que siempre anda con su machete en el hombro, denota por qué la juventud está tan lastimada: quiere todo fácil.

Lunes


Quería tomar las palabras y guardarlas en mi mente. Quería que el momento se congelara en una fotografía sin fecha.

Su voz frente a mi. Mis manos sobre su rostro. Sus labios en mi cuello.

***

La desesperación se apoderó de ella.  El momento lo grabó en su piel, cuerpo y sangre. El “Te” en su boca, el “admiro” en su abdomen. Un “todo”  en sus ojos, quizás el “de” entre su dedos y dos letras más, incrustadas en su aliento para decir: “ti”.

***

En un lunes lluvioso, las palabras brotaron inundando mi corazón.