Un día en el SEMEFO


Por Irene Torres

Huele a muerte. El olor penetra las fosas nasales. Tratas de evitar respirar el denso aire y comienzas a inhalar por la boca, pero es inútil, los olores, una mezcla entre carnicería, hospital y brisa del mar (por el aromatizante que rocían), se aposentan en tu estómago, incomodándolo.

Cada uno de los sentidos del cuerpo “despiertan” aletargados. La nariz evita olfatear y se frunce automáticamente, pero es imposible. Sólo olvidas el olor cuando tus ojos se abren sorprendidos: ves sobre una de las grandes camas metálicas de acero inoxidable, conocidas como planchas, un bulto inmóvil tapado con mantas azules.
El “bulto”, horas antes, era un individuo que manejaba su coche por alguna avenida de Monterrey.

Hoy está muerto frente a ti.

Y quieres tocarlo, cerciorar que en verdad es un cadáver que esta allí, sobre la cama fría y plateada. Las preguntas taladran tu mente: ¿Estará frío? ¿Realmente el cuerpo humano se pone rígido al quedar sin alma? ¿Sus ojos estarán abiertos? ¿Estará cubierto de sangre?¿Quién será? ¿Lo conoceré? El morbo y la curiosidad te avasallan tanto como el hedor que sigue flotando en el aire y causa cosquilleo en tu aparato digestivo.

Continúas el recorrido por la sala de autopsias del Servicio Médico Forense de Nuevo León. Observas tijeras, pinzas, bisturí, y otros instrumentos quirúrgicos de los que desconoces su nombre.
La sala es amplia, pero sientes que comprime el oxígeno. Te cansas de jalar aire por la boca  y prefieres inhalar nuevamente por la nariz. Inhalar el oxígeno por la boca te hace pensar que saboreas la muerte y lo consideras asqueroso. Quieres vomitar, pero de repente, el cuarto otra vez huele a brisa de mar y a flores. Huele a naturaleza… muerta.

Conforme avanzan los minutos cambia tu percepción, el lugar ya no se ve tan tenebroso, quizás por lo que dijo minutos antes el coordinador del lugar, un hombre de piel tan blanca como la bata que dice su nombre: Eduardo Villagómez Jasso.
“Hay gente muy joven haciendo sus prácticas y servicio social y vienen tres, cuatro o seis meses y se quedan con una buena impresión. El ambiente de trabajo les gusta a pesar de que el olor es desagradable”.

Eduardo tiene 14 años trabajando con muertos, ha visto pasar a muchos jóvenes que encuentran en el SEMEFO su vocación, pero también, a otros que con oler el sitio, descubren que están en la carrera equivocada.
-La gente ya estando aquí quiere seguir porque es un trabajo muy bonito, dice.
-¿Qué es lo más difícil?, es la pregunta obligada.
– La parte fea del trabajo es ver a los dolientes, responde.

Tiene razón, no es fácil estar allí, lo comprobaste en la recepción del SEMEFO. Había personas lesionadas y ensangrentadas, porque además de los muertos, también los heridos en accidentes, áreas laborales, y actos violentos, deben acudir al lugar para efectuar los trámites correspondientes al hecho.

En ese espacio de escasos dos metros cuadrados con sillas, también llegan mujeres llorando buscando a su hijo, personas serenas y tranquilas preparadas para lo peor: reconocer a su familiar, tías que solicitan permiso para colocar en el pizarrón una hoja con la leyenda “Se busca”, en la que se puede leer el nombre, fecha de nacimiento, color de ojos y la descripción de la vestimenta de esa sobrina que desde hace tres semanas, no da señales de vida. En la recepción, al igual que en la Sala de Autopsias, se percibe un olor que vuelca el estómago: el del dolor.

Pero ese “olor” no lo perciben los que trabajan en el SEMEFO. No deben. Los peritos criminólogos, técnicos, médicos, choferes y el resto de las más de 50 personas que laboran en el organismo, saben que mostrar empatía en los casos les puede traer consecuencias. Ellos hacen su trabajo y para hacerlo bien, dejan a un lado los sentimientos, más no la sensibilidad.

-Si te llevas parte de esto estarías sufriendo todo el tiempo, esto se queda aquí, es la única forma de laborar con eso (con la muerte)- dijo con voz ronca, Isidro Manuel Juárez Loera, jefe del departamento del SEMEFO.

Suena difícil hacer eso, sobretodo después de que abre la puerta del congelador que “guarda” los cuerpos de los no reclamados y/o no reconocidos.
Allí, hombres y mujeres están acostados sobre planchas, vestidos únicamente con la etiqueta del número de autopsia que cuelga en el dedo gordo del pie; la ropa y pertenencias que portaban cuando fallecieron, están una bolsa de plástico, acomodada sobre su estómago. Pareciera que están listos para partir, sólo que la espera debe continuar hasta que aparezca algún familiar, de lo contrario, después de 2 o 3 meses, serán inhumados en una fosa común.

Al SEMEFO llega todo lo que amerita una autopsia médico legal, es decir, personas que murieron en accidentes viales, accidentes de trabajo, en su domicilio, en la vía publica, los que fueron asesinados, los que se suicidaron y últimamente, los que fueron “ejecutados”, como algunos de los que están en el congelador desde hace semanas.

Lo primero que realizan (los que laboran en SEMEFO), es un análisis detallado al cuerpo sin vida: la vestimenta, talla, tipo de zapatos, marca de la ropa, tipo y color de cabello, color de ojos, altura, examinan su dentadura, marcas en la piel, lunares, en resumen, hacen una inspección minuciosa de pies a cabeza.

Paula Olivia Herrera Moreno, conoce muy bien esa rutina, ella es perito criminóloga y realiza todo lo anterior. La chava es sumamente delgada, lo que a simple vista la muestra débil, pero las apariencias engañan: desde los 22 años (ahora tiene 26) trabaja en el Servicio Médico Forense y ha inspeccionado cientos de cuerpos o partes de ellos, “porque a veces llega una extremidad, o la pura cabeza”, como mencionó el coordinador del lugar.

-Te resulta un tanto irónico que llegan personas que portan bolsitas con cuarzos para protección o suerte- menciona la joven seguidora de The Killers. -También ves a muchos con tatuajes, el más popular es el de la Santa Muerte. La lengua de The Rolling Stone también la vemos mucho y algunos de The Beatles- comparte la chava de cabello largo y claro.

Lo que sigue del “detalle”, como llaman los peritos a la inspección del cuerpo, es la autopsia, un procedimiento sencillo, al menos así lo hizo ver Héctor Coronado, un chavo de 20 años que desde hace uno labora en el SEMEFO.
Al verlo, nadie lo creería capaz  de abrir, cerrar, hurgar y en ocasiones, reconstruir cuerpos humanos. Posee una apariencia adolescente: baja estatura, voz en pubertad y cabello oscuro. No le calculas más de 17 años.
Como podría pensarse, por ser técnico embalsamador especializado en autopsias, no se viste de negro ni nada por el estilo. Tal vez lo raro en él es que le gusta la música de Yuriria, ¿habrá otro técnico en autopsias en todo el país que guste de escuchar a Yuriria mientras remueve órganos? Eso sí es de no creerse.

Sin embargo, más allá del gusto musical fresa que tiene, el chavo no deja de sorprenderte por la entereza que porta. Su rutina incluye analizar restos humanos destrozados (como los del avionazo del aeropuertos en Apodaca), cabezas que llegan sin la compañía del cuerpo, niños atropellados, jóvenes baleados, escenas que muchos considerarían una pesadilla, pero no él, él te platica su trabajo como si te platicara el concierto de su cantante favorita (Yurira, claro).
Sí, Héctor es raro, al menos para aquellos que nunca han abierto el cráneo de una persona para sacarle el cerebro; para los que jamás han visto los ojos blancos de un cadáver, o para los que nunca han sostenido en la mano, el corazón de un ser humano.

-Nosotros lo empezamos a trabajar (el cuerpo) a partir del peso, estatura, medida de tórax, abdomen. Después, cuando el doctor da instrucción, abrimos cavidad craneal, torácica, abdominal, para ver lesiones, daños, y determinar la causa de muerte- Es el procedimiento de la autopsia que Héctor, muy quitado de la pena, explica, como si se tratara de una receta de cocina,

El ambiente en el SEMEFO, ubicado en el Hospital Universitario, es alegre, a pesar de que por fuera, el edificio color gris descuidado, ofrece una apariencia tétrica. Pero en el interior es todo lo contrario, hasta celebran los cumpleaños con pastel (sí, a pesar del olor), es más, tienen equipo de futbol, se hacen llamar “Los Buitres del SEMEFO”. Para ellos la distracción es sumamente importante, sobretodo ahora que los muertos por homicidio han aumentado considerablemente,  de lo contrario, el trabajo sería muy difícil de realizar.
-Hay cosas que sí te sorprenden, como cuando llegaron los más de 20 cuerpos de la Ruta 120 que chocó con el tren, pero es parte de nuestra labor- interviene Eduardo Villagómez Jasso, el coordinador del SEMEFO.

-También nos ha llegado una masa de carne revuelta, donde es muy difícil, incluso la identificación. Tratas de reconstruir lo que se pueda.. Me ha tocado ver algo así 2 veces, en los 14 años que he estado aquí -agrega Isidro Manuel Juárez Loera, jefe del departamento del Servicio Médico Forense.

Sus palabras te causan escalofríos, y agradeces que no sea uno de esos días en los que llega sólo la cabeza o “masa de carne revuelta”, como dijo el médico. Hoy sólo está el hombre que continúa con las mantas azules, cubriéndolo de pies a cabeza. Su trágico accidente lo convirtió en un número más de autopsia: el  2707, la cantidad de muertos que han sido analizados en el SEMEFO, al menos hasta el 22 de octubre del 2010, una cantidad muy alta, considerando que en todo el 2009 realizaron 2802 autopsias.

Los objetos quirúrjicos están listos. Héctor se pone guantes y tapaboca, destapa el cuerpo,  toma el bisturí, y comienza a hacer su trabajo, porque, como dice Octavio Paz,  la muerte “en casi todos los casos es, simplemente, el fin inevitable de un proceso natural. En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más”, sin embargo, las causas de ese hecho deben ser esclarecidas y ahí es donde actúa el Servicio Médico Forense.

 

Crónica publicada en La Rocka #126

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El pueblo que perdió a su Alcalde y algo más


Santiago, tal vez el pueblo más bello del Estado, es el negro ejemplo de cuán bajo puede caer Nuevo León en términos de desesperanza y tristeza

Por IRENE TORRES

El rugir de un mofle rompió con los murmullos que decenas de personas compartían. El ruido los tomó desprevenidos, ocasionando que todos voltearan al mismo tiempo con miradas de desconfianza y temor. Cuando se dieron cuenta que era sólo una camioneta vieja que circulaba frente a ellos, relajaron su postura y siguieron con la plática en voz baja.

Eran ciudadanos, servidores públicos y reporteros que rodeaban la funeraria del pueblo; una patrulla de la Policía Estatal se mantenía a lado del lugar, cuidándolos. Los ciudadanos se miraban incrédulos, los servidores públicos se saludaban con caballerosidad, y los reporteros esperaban el comentario perfecto, la toma impactante.

Los cientos de coronas fúnebres acomodadas alrededor del pequeño edificio, eran lo único que le daba color a la escena, porque a pesar de los ardientes rayos del sol, el cielo azul y despejado, y la naturaleza presumiendo diferentes tonalidades de verde, sólo se percibía un ambiente gris y frío.

La tristeza había helado los días de verano en Santiago, Nuevo León.

Aquella mañana del 18 de agosto, lo que sospechaban dos días antes se volvió realidad. No sólo el presidente municipal de Santiago había sido asesinado: la tranquilidad y seguridad del municipio también.

Al atardecer, los habitantes se vistieron de negro y salieron a la plaza principal para rezar, lamentarse y llorar por la impotencia, coraje y desolación al ver su hogar inmerso en la asfixiante realidad.
El aire fresco y el olor a raíces recién cortadas pasaba desapercibido ante el olor a miedo que se respiraba. Ni la hermosa vista de la Presa de La Boca que se vislumbra desde la calle Juárez, en el centro de Santiago, podía contrarrestar la imagen de los grandes moños negros “adornando” las puertas de la Presidencia Municipal.

Al día siguiente, la escena más triste de la noche anterior se repetía. Los padres del alcalde y la viuda seguían allí, frente al féretro de su hijo y esposo, respectivamente. Ni la luz de las veladoras encendidas opacaba las brillantes lágrimas que resbalaban por las mejjillas de las mujeres.

19 de agosto y Santiago despedía a su edil; la familia Cavazos Leal, a un hijo, hermano, esposo y padre. Y todos los mexicanos, por enésima vez, nos despedíamos del sueño de recuperar a nuestro país.

El hombre que sólo alcanzó a cumplir 38 años, de profundos ojos azules y piel blanca, descansaba sobre un elegante ataúd de madera. Flores rojas y una cruz del mismo color era lo único sobre el féretro. La ropa negra y blanca predominaba en las tres salas de la funeraria. El calor evaporaba el sudor y los sollozos de los presentes. Los cuchicheos y la palmada en el hombro se repetían una y otra vez, haciendo eco en el recinto color ocre.

Los colegas de partido, autoridades del Estado y  ciudadanos, también estaban allí , en mezclilla, con botas y sombrero, con trajes finos, camisa de vestir y lentes oscuros; participando en el acto luctuoso, ante la presencia de militares y policías que resguardaban el área.
Llegaron de todo el país, de todas las dependencias estatales y municipales. En autobús o auto, observaron todos lo mismo en su recorrido: letreros en el camellón de la Carretera Nacional que anuncian la Ruta 2010 (implementada por el Gobierno Federal para conocer la historia de México); letreros que emitían en colores chillantes un “Vivir Mejor”, señalamientos avisando que a cierto número de kilómetros se podía conocer uno de los parajes más visitados de todo Nuevo León: la Cola de Caballo.
Pero ninguno de esos anuncios mencionaba que a menos de 1 kilómetro el visitante llegaba a otro pueblo más hundido en la desesperanza.

De cualquier manera, no hacía falta colocar el letrero: el sentimiento resultó contagioso.
Mientras velaban al edil, el primer cuadro de la ciudad lucía solo. Las calles empedradas, las casas pintadas de rosa mexicano, amarillo, naranja, verde, rojo, y rodeadas por paredes de sillar, daban la apariencia de pueblo fantasma. El silencio reinaba. Ni un alma circulaba por el lugar y cuando alguien aparecía, vestía de negro.

Una parte de Santiago se encerraba en sus casas, mientras la otra rezaba esperando el momento de decirle adiós a Cavazos Leal.
Y el adiós llegó después de una misa con el sol ardiente como testigo principal; el cuerpo del joven padre de familia fue llevado a su última morada: un pequeño panteón con vista a la Presa de La Boca; con una pared cubierta de altos bambúes y veredas recién desyerbadas por los trabajadores del municipio.

Sólo la familia participó en el sepelio, pero prácticamente todo el pueblo lo sintió.
En el templo quedaron las velas consumidas por las horas, las pancartas con mensajes de paz, y el semblante entristecido del lugar. El escenario auguraba el sentimiento que que invadiría a los santiaguenses de allí en adelante.

Una semana después se confirmaba ese sentimiento: la desconfianza. Santiago ahora es un pueblo triste. Escasean los saludos sonrientes y amables. La actitud que los ciudadanos han ido tomando frente a la policía, políticos y autoridades en general, se contagia: se desconfía de todo y de todos.
Hoy, el Pueblo Mágico, y todo el Estado, posee el virus de la desilusión y otro más peligroso, el del temor. Las balas causaron que el municipio perteneciente al Nuevo León “Unido”, se convirtiera en un municipio más del Nuevo León “herido”.

Crónica publicada en LA ROCKA